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¿Jesús… existe?

Esta pregunta acompañó toda mi adolescencia. Hice la comunión, como la mayoría de mis compañeros de clase, pero desde aquel día no volví a misa, salvo en ocasiones puntuales. A medida que crecía, me iba alejando más y más de la Iglesia. Para mí, la religión se reducía a estudiar para aprobar la asignatura, un contenido que no me interpelaba y que veía como algo irracional y anticuado. Pensaba que no tenía sentido creer en Dios.
Sin embargo, un día —de repente y sin buscarlo— todo cambió.

Una búsqueda… que no parecía llevar a ninguna parte

Impulsada por la inquietud y de los ideales propios de la juventud, quería hacer voluntariado. Busqué, encontré una asociación, me inscribí, hice el curso de formación… pero nunca me llamaron. Mi gozo en un pozo.
En paralelo, España ganó la Eurocopa. ¿Qué tiene que ver el fútbol con la fe? En mi caso, mucho: había hecho la promesa de que, si ganaban, me confirmaría. Así que me apunté a catequesis.
Un día nos proyectaron una película sobre la Madre Teresa de Calcuta. Recuerdo perfectamente el momento en que, sin esperarlo, todo encajó. Aquella inquietud por el compromiso social encontró un nuevo horizonte. Tenía que haber Alguien para que un grupo de mujeres decidiera entregarlo todo de ese modo.
Poco a poco me fui interesando por el Evangelio, empecé a leerlo y a conocer a Jesús. Aquello dejó de ser una asignatura para convertirse en una Persona. Descubrí la oración como ese trato de amistad con Alguien que te ama, y lo que antes me parecía irracional empezó a cobrar sentido—no sin muchas dudas, conversaciones y lecturas, por supuesto.

Un encuentro providencial

En este camino hacia la fe, providencialmente conocí a las Hermanas Guanelianas en una estación de tren. Volvía del Camino de Santiago con compañeros del colegio y, al verlas, recordé que en Arzúa nos habían dado una sencilla acogida como peregrinos.
Junto a una amiga nos acercamos a saludarlas y se me ocurrió preguntarles si tenían alguna casa en Madrid para hacer voluntariado. Nos dieron la dirección y, en septiembre, un grupo de amigas —sin saber muy bien dónde nos metíamos— comenzamos a colaborar en Casa Santa Teresa.

Cuando lo que haces… te transforma por dentro

A partir de ahí inicié un camino que me fue apasionando cada vez más. Ya no me atraía solo el voluntariado y el compartir con las personas con discapacidad: había algo más que me movía.
Fui conociendo el carisma guaneliano y, cuanto más lo descubría, más me fascinaba. Encontré en él un modo concreto de vivir el Evangelio que me impulsaba a seguir a Jesús más de cerca, saliendo al encuentro de quienes viven en las periferias sociales y existenciales, para hacer familia con ellos, impulsar su vida, respetar y promover su dignidad originaria y mostrarles el rostro de un Dios Padre que ama a cada persona sin medida.

Continué el voluntariado durante toda la etapa universitaria y, a medida que profundizaba en la fe, comenzaron a surgir con fuerza las preguntas:
¿Qué quieres ser?
¿Desde dónde quieres vivir?
¿A qué te llama Dios?

Las respuestas a estos interrogantes no llegaron de la noche a la mañana, sino que se fueron dando a lo largo de los años. Con el tiempo percibí que algo permanecía: ese deseo, esa atracción, de seguir a Jesús más de cerca, no en solitario, sino en compañía, en comunidad. En el carisma guaneliano descubrí un camino que resonaba con mi búsqueda más profundas y que me ayudaba a orientar mi vida no desde el hacer, sino desde el ser en, por y con Él.

Dar un paso… porque confías

A pesar de las dudas, discerní en la oración que había llegado el momento de concretar. Tras contrastarlo en el acompañamiento y sabiendo de Quien me he fiado, decidí iniciar el aspirantado con las Hermanas Guanelianas.
Lo vivo como un tiempo de gracia: una oportunidad para seguir discerniendo en libertad, profundizar en la relación con Jesús y seguir clarificando la llamada a la vida religiosa guaneliana.

Y ahora… te toca a ti

Leyéndolo, quizá algo también se haya movido dentro de ti.
¿Qué búsqueda, deseo o inquietud está hoy llamando a tu puerta?

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