
“Ama conmigo”: una experiencia de Dios en el corazón de la Amazonía
Hay palabras que no se escuchan únicamente con los oídos. Hay voces que nacen en el silencio de Dios y encuentran un lugar en lo más profundo del corazón. No son palabras pasajeras; permanecen, acompañan, orientan y, con el paso del tiempo, revelan su verdadero significado. Así ha sido para mí la expresión “Ama conmigo”.
No llegó de improviso ni fue fruto de una emoción pasajera. Fue una palabra que Dios comenzó a sembrar en mi corazón durante el tiempo de preparación para mi profesión perpetua como Esclava del Sagrado Corazón de Jesús. Mientras recorría ese camino de discernimiento, el Señor iba haciendo cada vez más clara una certeza: mi vocación no consistía simplemente en amar, sino en amar con Él.
Aquellas dos palabras fueron convirtiéndose en la brújula de mi oración. Poco a poco comprendía que Jesús no me invitaba a cargar sola con la misión, ni a sostenerla desde mis propias fuerzas, sino a dejar que fuera Él quien amara a través de mi vida. “Ama conmigo” era una invitación a permanecer unida a su Corazón, a mirar con sus ojos, a sentir con sus entrañas y a descubrir que toda verdadera entrega nace siempre del amor compartido con Él.
En ese mismo tiempo de preparación, el Señor también me regaló una imagen que iluminó profundamente mi camino: la mujer samaritana. Cada vez que contemplaba ese encuentro junto al pozo, descubría un Jesús que conoce la historia de aquella mujer sin condenarla; un Jesús que llega hasta su sed más profunda para ofrecerle el agua que da vida. En ella también encontraba reflejada mi propia historia: un Dios que sale a mi encuentro, que conoce mi verdad, mis límites y mis búsquedas, y que precisamente desde allí me llama a seguirlo.
El 8 de septiembre de 2023, día de mi profesión perpetua, aquella palabra quedó confirmada para siempre en mi corazón. No nació ese día; ese día el Señor la selló con la fuerza de una alianza definitiva. Comprendí que “Ama conmigo” sería el horizonte desde el cual Él seguiría conduciendo toda mi vida.
Tres días después, el 11 de septiembre de 2023, fui enviada a mi nueva misión: Santa María de Nieva, en la Amazonía del Perú.
Nunca antes había vivido en la selva.
Todo era nuevo para mí. El clima, los grandes ríos, la inmensidad del bosque, los sonidos de la naturaleza, la cultura de los pueblos amazónicos y una forma distinta de comprender la vida. Llegué con el corazón abierto, pero sin imaginar que aquella tierra se convertiría en el lugar donde Dios haría mucho más tangible aquella consigna que había puesto en mi corazón.
Con el paso de los meses comprendí que la Amazonía no era simplemente el lugar donde iba a trabajar. Era el lugar donde Dios quería seguir formando mi corazón.
Aquí descubrí que “Ama conmigo” no era una frase bonita para recordar de vez en cuando. Era una manera de vivir. Era una invitación cotidiana.
La Amazonía posee una belleza difícil de describir con palabras. Sus ríos parecen no tener fin. Sus árboles se elevan como si quisieran tocar el cielo. El canto de las aves, la lluvia, el viento entre las hojas y el verde infinito hablan constantemente del Creador. Contemplar tanta belleza hace que el corazón recupere el silencio y aprenda nuevamente a escuchar.
Pero esta tierra también muestra profundas heridas.
Es una tierra de enormes riquezas naturales y, al mismo tiempo, de profundas pobrezas humanas. Aquí el dolor tiene muchos rostros: comunidades alejadas, acceso limitado a la educación, necesidades económicas, desigualdades históricas y tantas situaciones que afectan especialmente a los pueblos originarios.
Y, sin embargo, es precisamente aquí donde la esperanza florece con una fuerza sorprendente.
Como Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús compartimos la misión educativa en el Instituto de Educación Superior Tecnológico Público “Santa María de Nieva”- Fe y Alegría 74, donde acompañamos la formación de jóvenes en los programas de Producción Agropecuaria e Industrias de Alimentos y Bebidas.
Nuestros estudiantes provienen de comunidades ubicadas a lo largo de los ríos Cenepa, Santiago, Nieva, Marañón y Morona. La mayoría pertenece a los pueblos Awajún y Wampis, y en los últimos años también han llegado jóvenes del pueblo Achuar. Muchos de ellos recorren largas distancias para estudiar. Algunos navegan durante horas o incluso días para llegar al instituto. Detrás de cada uno hay una familia, una comunidad y un sueño.
Por eso, nuestra misión va mucho más allá de transmitir conocimientos.
Educar aquí significa creer en los jóvenes cuando ellos mismos dudan de sus posibilidades. Significa acompañar procesos, escuchar historias, animar en las dificultades y caminar junto a ellos mientras descubren que también pueden transformar la realidad de sus pueblos.
Creemos profundamente que la educación es uno de los signos más concretos de esperanza para esta tierra amazónica.
Cada estudiante representa una posibilidad de futuro para su comunidad.
Cada aula es un espacio donde Dios continúa sembrando esperanza.
No siempre es fácil.
Hay días en que el cansancio pesa. Hay situaciones que duelen profundamente y hacen experimentar la propia fragilidad. Existen problemas que parecen demasiado grandes para nuestras fuerzas.
Y es precisamente en esos momentos cuando vuelvo una y otra vez a aquella palabra que Dios sembró en mi corazón.
“Ama conmigo.”
Nunca me dijo: “Hazlo todo”.
Nunca me pidió que solucionara todos los problemas.
Nunca me invitó a ser la salvadora de nadie.
Solo me pidió amar con Él.
Y comprender esto ha cambiado profundamente mi manera de vivir la misión.
Porque la misión no depende de mis capacidades. No soy yo quien sostiene la esperanza de este pueblo. Dios ya estaba aquí mucho antes de mi llegada y seguirá actuando cuando un día deba partir. Yo simplemente he sido invitada a colaborar con su obra, dejando que Él ame a través de mi pequeñez.
Si hay algo que la Amazonía me ha enseñado es a contemplar.
Aquí la naturaleza no es solamente un paisaje. Es una maestra espiritual.
Cada vez que navego por los ríos siento que Dios me invita a volver al corazón, a regresar a mi fuente. El agua que fluye me recuerda que la vida también necesita dejarse conducir. Los inmensos árboles hablan de raíces profundas. El cielo abierto me enseña que siempre hay espacio para ensanchar el corazón.
Frente a tanta inmensidad descubro también mi propia pequeñez.
Y esa pequeñez no me asusta.
Al contrario, me libera.
Me recuerda que no soy la salvadora del mundo.
Soy simplemente una criatura infinitamente amada por Dios, llamada a servir, a entregarse y a dejar que sea Él quien realice su obra.
Los jóvenes amazónicos también han transformado mi manera de entender el Evangelio.
Su sencillez, su capacidad de compartir, su fortaleza para afrontar las dificultades y su profundo sentido comunitario me evangelizan cada día. Ellos también son maestros de esperanza. En sus sueños descubro que Dios continúa escribiendo una historia nueva para la Amazonía.
Hoy puedo decir con certeza que Santa María de Nieva ya no es únicamente mi lugar de misión.
Es el lugar donde Dios continúa ensanchando mi corazón.
Es el lugar donde aprendo cada día qué significa amar con Él.
Es el lugar donde la creación me habla constantemente de Dios.
Es el lugar donde los rostros de tantos jóvenes me recuerdan que el Reino sigue creciendo silenciosamente.
Es el lugar donde comprendo que la misión no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en dejar que el amor extraordinario de Dios se haga visible en los gestos más sencillos de cada día.
Me siento profundamente agradecida por haber sido enviada a esta tierra.
Porque aquí he descubierto que cuanto más cerca estoy de los pueblos, de los ríos, de la creación y de los jóvenes, más cerca me siento del Corazón de Dios.
Hoy, cuando vuelvo la mirada al camino recorrido, comprendo que aquella voz que comenzó a resonar durante mi preparación para la profesión perpetua sigue hablándome con la misma fuerza.
Ahora ya no la escucho solamente en la oración.
La escucho en el murmullo del río.
En la sonrisa de un estudiante.
En el silencio del bosque.
En la esperanza de un pueblo.
En cada amanecer amazónico.
Y cada día vuelve a susurrarme las mismas palabras: “Ama conmigo.”
Porque solo quien aprende a amar con Cristo descubre que la misión no es un lugar al que se llega, sino una manera de vivir. Y yo doy gracias porque, en el corazón de la Amazonía, Dios sigue enseñándome, cada día, a amar con Él.
- ¿Qué palabra o experiencia ha sido, en tu propia vida, como una brújula que orienta tu manera de amar y de servir?
- ¿En qué "amazonía" personal —un lugar, una comunidad, una circunstancia— sientes que Dios te está invitando hoy a "amar con Él" en lugar de cargar todo con tus propias fuerzas?




