
Lo que un niño egipcio me enseñó sobre Dios
San Daniel Comboni creía con fuerza en el poder transformador de la educación. Ya desde los inicios de la historia comboniana lo vemos fundando tres institutos en El Cairo Viejo, dedicados a formar a niños, jóvenes, catecúmenos y mujeres africanas, porque para él la educación era el camino para regenerar África. Y ese legado sigue vivo hoy en las misiones combonianas de Egipto, donde la escuela se ha convertido en un espacio de encuentro, diálogo y esperanza.
Soy la Hermana Valeria Ruiz, misionera comboniana peruana, y vivo desde hace más de cuatro años en Egipto. Trabajo como profesora de inglés y supervisora académica en una escuela católica que abre sus puertas tanto a niños cristianos —coptos católicos y ortodoxos— como a niños musulmanes, así que se ha convertido en un espacio único de convivencia. Y como te podrás imaginar, mi experiencia aquí ha sido también un camino de esfuerzo y humildad, sobre todo para aprender árabe y entender esta cultura milenaria.
Algo que he aprendido en esta misión es que el verdadero diálogo interreligioso no pasa en conferencias ni en debates teológicos, sino en la vida diaria de las aulas. Ahí, donde los niños, sin importar si son cristianos o musulmanes, juegan, estudian y se ayudan sin ningún prejuicio. Y esa sencillez, esa autenticidad, es la que muestra que el diálogo interreligioso se vive en la convivencia de cada día.
En tercer grado conocí a Ahmed, un niño hiperactivo, inteligente y extrovertido, pero que no lograba escribir ni una frase en árabe o en inglés. Sus tareas nunca estaban al día, y cuando le preguntaba por qué, solo respondía con silencio. Así que consulté con otros maestros y todos coincidían en lo mismo: la misma dificultad con las tareas y que su padre nunca había aparecido por la escuela. Intenté contactar a la madre varias veces, pero aunque prometía venir, nunca lo hacía.
Con paciencia logré acercarme a Ahmed, y ahí entendí todo. Su padre apenas estaba presente en su vida, porque tenía una nueva familia con otra esposa y un bebé recién nacido, y solo lo veía de vez en cuando. Su madre, además, recurría con frecuencia a la violencia física. Y de repente todo tenía sentido: su conducta inquieta, sus evasivas, sus bajas notas, a pesar de lo inteligente que era.
Esta experiencia me hizo entender que en muchos hogares los niños no siempre son la prioridad. Ver a un pequeño sufrir por la ausencia y el descuido de sus padres duele mucho, pero también me impulsa a seguir buscando caminos donde la escuela y la familia compartan, juntas, la responsabilidad de educar de verdad.
Porque el diálogo interreligioso que se vive en las aulas, la convivencia sin prejuicios entre niños cristianos y musulmanes, y la historia de Ahmed, me recuerdan lo mismo: que la educación es un puente hacia la paz y la fraternidad, y que cada gesto de amor y presencia puede cambiarle la vida a un niño.
En nuestra escuela se está construyendo el futuro de Egipto y el sueño de una humanidad más justa. Y hoy, más que nunca, reafirmo lo importante que es seguir el legado de San Daniel Comboni en la educación, sobre todo en países árabes, donde el Evangelio se anuncia en silencio, a través del servicio y del testimonio de cada día.
Para seguir pensando
- ¿Qué situaciones cotidianas —un aula, un trabajo, un vecindario— podrían convertirse hoy en un puente de encuentro entre personas distintas a ti?
- Como Ahmed, ¿cuántas historias a tu alrededor esconden un silencio que solo la paciencia y la presencia pueden descifrar?




